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¿Quién come mejor y más sostenible, los holandeses, los españoles o los norteamericanos?

Restaurante italiano en un centro comercial de Nueva York. Shutterstock / Boris-B
Cristina Cambeses Franco, Universidade de Santiago de Compostela y Gumersindo Feijoo Costa, Universidade de Santiago de Compostela

La rápida urbanización y el crecimiento de la población mundial han traído consigo un aumento importante del consumo de alimentos procesados, grasas y azúcares. Y como consecuencia, también se ha disparado la prevalencia mundial de enfermedades relacionadas con una dieta inadecuada, como las cardiopatías, la obesidad y la diabetes.

Pero no se queda ahí la cosa. Resulta que el sector alimentario es responsable de gran parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. Hasta tal punto que, si no se toman medidas urgentes para remediarlo, el mundo correrá el grave riesgo de no cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, dejando como herencia a los niños un planeta degradado donde impere la inseguridad alimentaria.

La sociedad tiene una responsabilidad compartida con respecto al trinomio dieta, salud y medioambiente. En lo que respecta a los gobiernos, deben elaborar guías alimentarias coherentes con los principios básicos de alimentación saludable a la vez que sostenible.

Opciones dietéticas en occidente

En la región europea, la iniciativa FOOD 2030 –en línea con el Pacto Verde Europeo, la Estrategia «De la Granja a la Mesa» y la estrategia europea de bioeconomía– promueve como facilitador de cambio el desarrollo de guías alimentarias para una nutrición sana, equilibrada y sostenible.

Lo cierto es que Europa cuenta con varias opciones tradicionales saludables. La más conocida es la dieta mediterránea, extendida sobre todo en Francia, Grecia, Italia y España. Consiste en una dieta basada en plantas caracterizada por un consumo elevado de frutas, vegetales, legumbres, cereales integrales, frutos secos y aceite de oliva, a la vez que un consumo moderado de pescado, carne, vino y productos lácteos.

En 2004 nacía al norte del continente la llamada nueva dieta nórdica, que no es más que una interpretación gastronómica de la dieta tradicional escandinava. Guarda muchas similitudes con la dieta mediterránea. El consumo prioritario de alimentos se centra en vegetales y frutas (fundamentalmente bayas o frutas del bosque y vegetales de hoja verde o de raíz), patatas, legumbres, hierbas frescas, setas, frutos secos, cereales integrales, pescado y marisco, algas y carne (incluyendo carne de caza). Eso sí, el aceite no es de oliva, sino de colza.

Lo más interesante es que se basa en el consumo de productos locales y orgánicos propios de las regiones de Dinamarca, Finlandia, Islandia, Suecia y Noruega. Por lo tanto, es también sostenible, al igual que la mediterránea.

Holanda e Italia cuentan también con sus propias guías alimentarias. Ambas apuestan por el consumo diario de más frutas y vegetales, la promoción de productos integrales y la limitación en el consumo de carne roja, lácteos, bebidas azucaradas, sal y bebidas alcohólicas.

Y si hablamos de iniciativas saludables, también cabe señalar la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad (NAOS) en España. Bajo el lema “COME SANO Y MUÉVETE”, tiene como fin invertir la prevalencia de la obesidad mediante el fomento de la actividad física y de una dieta saludable.

Al otro lado del charco, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, en colaboración con el Departamento de Agricultura, ha publicado guías dietéticas para americanos, que se actualizan cada cinco años desde su publicación en 1980.

Figura 1. Gramos consumidos por persona y día de cada categoría de alimentos en las guías dietéticas europeas (Holandesa, Italiana, Mediterránea, NAOS y Nueva Dieta Nórdica) y norteamericana. Para un aporte de 2228 kilocalorías por día (ingesta media recomendada para una mujer de mediana edad por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. Adaptado de Cambeses-Franco et al. 2022

Indicadores ambientales y nutricionales

Teniendo tanta oferta, ahora la pregunta que se plantea es: ¿existe un modo objetivo de evaluar la calidad nutricional de las dietas recomendadas?

La respuesta es sí. Se puede estimar empleando indicadores basados en nutrientes, como el NRD9.3 o el índice de salud. Ambos incluyen nutrientes que deberían ser promocionados en toda dieta saludable, como las proteínas, el calcio, la fibra, el magnesio, el potasio, el hierro o las vitaminas A, C y E. Y otros que deberíamos limitar, como es el caso del sodio, los ácidos grasos saturados o los azúcares libres o añadidos.

A nivel medioambiental, el indicador más extendido es la huella de carbono. Permite reflejar las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a las guías dietéticas en términos de dióxido de carbono. Teniendo en cuenta el peso del proceso productivo y la agricultura en el medio ambiente, interesa tenerlo en cuenta en términos comparativos.

Si utilizando todos estos criterios comparamos las dietas recomendadas en Europa (azul, en la siguiente imagen) y en Estados Unidos (amarillo) vemos que las guías dietéticas italianas y la dieta mediterránea son las que presentan los mejores perfiles desde la perspectiva de cambio climático.

Figura 2. Huella de carbono (kgCO2/persona/día) considerando la fase de producción de los alimentos e índices nutricionales (NRD9.3 e índice de salud) de las guías dietéticas holandesa y norteamericana. Adaptado de Cambeses-Franco et al. 2022

Por el contrario, la dieta norteamericana es la que presenta el mayor impacto ambiental. Los perfiles de emisiones de las dietas del Norte de Europa (Nueva Dieta Nórdica y guías dietéticas holandesas) fueron similares. Estos hallazgos se explican en base a las ingestas recomendadas de lácteos y carne, productos con elevada huella de carbono.

En cuanto a la dieta NAOS, la alta ingesta de pescado y marisco influye negativamente en el resultado de huella de carbono obtenido.

En lo que a calidad nutricional se refiere, la dieta mediterránea sobresale, especialmente si se compara con las dietas holandesa y americana, las peores en base a los indicadores nutricionales. El pésimo resultado nutricional de las guías holandesas se debe a un menor contenido de vegetales, frutas, pescado y fibra en general. Por su parte, el alto contenido en ácidos grasos saturados y sodio en las guías alimentarias americanas explica su baja posición en este ranking.

Estados Unidos debe aprender de Europa

En conclusión, incrementar la proporción de alimentos de origen vegetal en la dieta de modo similar a las guías dietéticas del sur de Europa (Italia y la región mediterránea) puede ayudar a países como Estados Unidos, con grandes impactos medioambientales derivados de los productos cárnicos y los derivados lácteos, sin que ello signifique comprometer la calidad nutricional.

El objetivo es claro: debemos lograr el equilibrio entre la nutrición y la sostenibilidad en las guías alimentarias. Sería positivo que los gobiernos estuvieran al frente de tal iniciativa, promoviendo campañas de concienciación que pongan a disposición del público información asequible sobre opciones dietéticas saludables y sostenibles.The Conversation

Cristina Cambeses Franco, Estudiante de doctorado (Contratada predoctoral FPU) en el Departamento de Ingeniería Química, Universidade de Santiago de Compostela y Gumersindo Feijoo Costa, Catedrático de Ingeniería Química, Universidade de Santiago de Compostela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

La fibra no es mágica pero ayudará a disminuir el colesterol de su organismo

Shutterstock / Tatjana Baibakova
Milagros Rocha Barajas, Fisabio; Celia Bañuls Morant, Fisabio; Celia García Gargallo, Fisabio y Neus Bosch Sierra, Fisabio

¿Quién no ha escuchado alguna vez que tiene que tomar más fibra para ir al baño? ¿Y que debe priorizar la fruta entera al zumo para evitar la diabetes? Todo ello es cierto y son muchos los efectos que se atribuyen a la fibra que ingerimos diariamente pero ¿sabía que es capaz también de disminuir nuestros niveles de colesterol?

Recordemos que el colesterol es necesario para un correcto funcionamiento del organismo. Se requiere para digerir las grasas y la síntesis de algunas vitaminas y hormonas.

No obstante, unos niveles altos de colesterol son perjudiciales para la salud. Así, tener unos niveles elevados durante un tiempo prolongado supone un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, como por ejemplo los infartos agudos de miocardio.

Tener o no un nivel alto de colesterol depende de muchos factores: la genética, la edad, la actividad física, el tabaquismo, el sobrepeso, la dieta… En este último, la fibra juega un papel esencial.

¿Qué es la fibra dietética?

La Asociación Estadounidense de Químicos de Cereales definió la fibra dietética en 2001 como los hidratos de carbono de plantas u otras fuentes que no se digieren y absorben en el intestino delgado pero fermentan en el intestino grueso. No obstante, no todas las fibras son iguales ni tienen los mismos efectos. Por ello, es importante diferenciarlas.

Por un lado, la fibra soluble se caracteriza por ser capaz de absorber agua en grandes cantidades en el intestino y formar geles. Existen varios tipos: gomas, mucílagos, pectinas, β-glucanos, agar-agar, carragenanos, inulina y maltrotriosa, etc.

Por otro lado está la fibra insoluble, la cual, a pesar de poder absorber agua, lo hace en menor cantidad. Las fibras insolubles más importantes son: la celulosa, la hemicelulosa, la lignina y el almidón resistente.

¿Cómo actúa la fibra?

La fibra disminuye el colesterol sanguíneo gracias a su acción sobre los ácidos biliares. Dichos ácidos se forman en el hígado y se almacenan en la vesícula biliar hasta su utilización.

Al ingerir alimentos, se liberan al intestino y ayudan a digerir la grasa y otras sustancias correctamente. Dicho efecto lo consiguen formando micelas, unas estructuras que permiten aislar grasas de un medio acuoso. Esto permite la acción de las enzimas digestivas y la absorción de las grasas, entre ellas el colesterol.

Si la comida incluye fibra, esta dificulta la absorción del colesterol. Esto conlleva una disminución de los niveles de colesterol en sangre. Ahora bien, ambos tipos de fibras no consiguen este efecto de la misma manera.

Por una parte, la fibra insoluble atrapa los ácidos biliares y el colesterol. Esta unión provoca que las micelas no se formen correctamente y que tanto el colesterol como los ácidos biliares no se absorban.

Además, como los ácidos biliares se necesitan para absorber las grasas de futuras comidas, el cuerpo los sintetiza de nuevo a partir del colesterol sanguíneo. Todo ello favorece la disminución de los niveles sanguíneos de colesterol.

Por otra parte, la fibra soluble atrapa gran cantidad de agua para formar geles, aumentando la viscosidad del bolo alimentario. Esta viscosidad dificulta la reabsorción de sales biliares y la absorción del colesterol. Por tanto, colabora con la fibra insoluble para disminuir los niveles de colesterol.

De dónde obtener esta asombrosa sustancia

La fibra insoluble la podemos encontrar en la gran mayoría de alimentos vegetales como los frutos secos, las legumbres y los cereales integrales. Además, algunas frutas, como la manzana, la pera o el plátano y algunas verduras, como el brócoli y la zanahoria, también la contienen.

Cabe notar que la fibra se encuentra mayoritariamente en la cubierta de estos alimentos. Por ello, no es aconsejable quitarles la piel o la cáscara para no perder las propiedades de la fibra.

Se recomendaría un mínimo de 12 gramos al día de fibra insoluble al día para poder obtener reducciones significativas en los niveles de colesterol. Para ello, deberíamos optar por el consumo de cereales integrales en vez de refinados (como el pan, la pasta, el arroz…) y realizar las 5 raciones de fruta y verdura diarias.

Por su parte, las principales fuentes de fibra soluble son las legumbres, semillas, cereales como la avena y la cebada y algunas frutas como la manzana y los cítricos. Ciertos tipos de fibra soluble, como los beta-glucanos y el psyllium, son capaces por sí solos de conseguir una reducción importante del colesterol.

Por ejemplo, una ingesta de 3 gramos diarios de beta-glucanos (procedentes de la avena o la cebada) ayuda a reducir los niveles de colesterol. Esto equivaldría a aproximadamente 60 gramos al día de salvado de avena. En el caso de las pectinas serían 6 gramos diarios, que equivalen, por ejemplo, a tres manzanas o bien dos naranjas grandes.

En el caso del psyllium y de la goma guar se pueden tomar como suplementos. Para tener efecto, son necesarios 10 gramos al día tanto de psyllium y goma guar respectivamente.

Como se puede observar, la fibra está presente en diversos grupos de alimentos, los cuales se pueden encontrar durante todo el año en los mercados y supermercados. Por ello, si desea disminuir el colesterol, debería seguir una dieta variada y equilibrada, incluyendo diversas fuentes de fibra. Los suplementos deberían incorporarse si lo indica un profesional sanitario, siempre complementando la dieta.The Conversation

Milagros Rocha Barajas, Investigadora Senior en Endocrinología y Nutrición, Fisabio; Celia Bañuls Morant, Investigadora Senior en Endocrinología y Nutrición, Fisabio; Celia García Gargallo, Investigadora predoctoral y técnico de laboratorio, Fisabio y Neus Bosch Sierra, Dietista, nutricionista y técnico de laboratorio, Fisabio

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Qué hidratos de carbono debemos consumir y cuáles no (y cuándo)

Shutterstock / Tatjana Baibakova
Luis J. Morán Fagúndez, Universidad Pablo de Olavide

Los hidratos de carbono (también denominados glúcidos, carbohidratos o hidratos) son nutrientes que se encuentran en los alimentos, junto con los otros dos macronutrientes: las proteínas y las grasas (lípidos).

Representan una parte fundamental de la alimentación humana. Para que nos situemos, algunos de los alimentos ricos en carbohidratos son los cereales y derivados (pan, pasta, arroz), tubérculos (patata), legumbres, fruta y verdura, leche y otros azúcares como miel o azúcar blanco.

¿Son necesarios en nuestra dieta?

La función principal de los hidratos de carbono es energética. Abastecen de energía a todos los órganos del cuerpo, desde el propio cerebro hasta los músculos. Funcionan como un combustible rápido y fácil de obtener por parte del cuerpo humano.

Por otro lado, desempeñan en el organismo otras funciones estructurales y regulan los niveles de azúcar en sangre. También intervienen en la disminución de la fatiga y en la recuperación muscular tras realizar actividad física.

Asimismo, participan en la síntesis de material genético (ADN, ARN), ayuda en el metabolismo de proteínas y grasa e impulsa la creación de tejidos musculares, entre otras funciones. En otras palabras, los hidratos de carbono son para nuestro organismo lo que la gasolina es para el coche.

¿Son todos los carbohidratos iguales?

Dependiendo de la estructura de los carbohidratos, encontramos dos tipos: los hidratos de carbono complejos o de absorción lenta (son almidones y fibra) y los sencillos o de absorción rápida, también denominados azúcares libres o simples (glucosa, fructosa y lactosa).

Seguramente alguna vez se ha dispuesto a leer la etiqueta de un producto alimenticio y ha encontrado nombres raros como dextrosa, jarabe de maíz, almíbar, almidón, maltosa… Ante tal cantidad de información quizás se haya preguntado: ¿Qué es todo eso? Lo cierto es que existen muchos tipos de azúcar diferentes y la propia estructura química de cada uno de ellos determina si un tipo de azúcar concreto es saludable o no.

Es decir, el azúcar puede encontrarse de manera intrínseca en el alimento (como sucede con la fruta y los cereales), puede ser liberada en el procesado (zumo) o ser añadida por la industria alimentaria o el consumidor (bollería industrial, yogur azucarado).

Debemos priorizar los que se encuentran de manera intrínseca en el alimento porque el resto de nutrientes que conforman ese producto hacen que el organismo utilice el nutriente de una manera óptima para la salud humana.

¿Cuanto menos azúcares mejor?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que se debe consumir menos del 10 % de la ingesta energética diaria (kilocalorías) de azúcares simples al día. Además, según la OMS, “una reducción por debajo del 5 % de la ingesta calórica total produciría beneficios adicionales para la salud”.

Teniendo en cuenta que la dieta de un adulto estándar es de aproximadamente 2 000 kilocalorías, se deberían consumir menos de 25 gramos al día de azúcares libres. Pero estos son solo una parte de los carbohidratos, por lo que deberíamos pararnos a pensar cómo gestionar la ingesta de los demás tipos.

Sin embargo, hay muchas dietas que restringen o eliminan los hidratos de carbono. Los consumidores lo conocen como la “carbofobia”. Seguro que alguna vez ha escuchado la expresión: “Los hidratos por la noche engordan”.

Lo cierto es que no hay que tener miedo a los carbohidratos. Las estanterías de los supermercados cada vez están más llenas de productos que indican “O % azúcares añadidos” o “Sin azúcar añadido”.

Cómo identificar azúcares saludables

¿Esto significa que son más saludables? En estos casos, hay que valorar el alimento o producto. Si se trata de un alimento al que le han quitado el azúcar para hacer una versión más saludable pero, a cambio, le han añadido otros aditivos de mala calidad, lo mejor es descartarlo del carro de la compra. Algunos ejemplos son el maltitol, xilitol o eritritol. Por el contrario, si no tiene azúcares añadidos ni edulcorantes en la etiqueta, lo podríamos considerar un producto alimenticio saludable.

También es necesario hacer referencia a los edulcorantes (también denominados polialcoholes), que son aditivos alimentarios, sustancias derivadas de los propios carbohidratos, con sabor dulce y muy bajo aporte calórico.

Aunque los beneficios y riesgos de su consumo están aún en estudio, las investigaciones apuntan a que los edulcorantes no nutritivos pueden ser posibles desencadenantes de adicción a los alimentos porque su ingesta se asocia a mayor preferencia y antojo por alimentos dulces, aumento del umbral del dulzor al que acostumbramos al paladar y, con ello, aumento de peso.

Carbohidratos de absorción lenta

Las dos características principales de los hidratos de carbono de absorción lenta son que son complejos (están compuestos por moléculas de azúcar que conforman juntas largas cadenas) y tienen bajo índice glucémico (elevan los niveles de azúcar en sangre de manera gradual, no picos de glucemia exagerados).

Los beneficios de este tipo de carbohidratos son los siguientes:

  • Mejor control de la glucemia. A diferencia de los hidratos de carbono de absorción rápida, estos permiten un mejor control de la glucemia (no se producen picos bruscos de glucemia después de comer). Esto es interesante en personas con diabetes.

  • Saciedad. Al ser complejos, permanecen más tiempo en el sistema digestivo en contacto con las paredes del mismo y, por tanto, mandan una señal de saciedad al cerebro.

  • Mejoran la composición de la microbiota intestinal.

  • Regulación. En el caso concreto de la fibra, puede actuar regulando niveles de colesterol plasmático, interesante en el manejo de enfermedades cardiovasculares. Llevando lo nutricional al terreno de la alimentación, podemos encontrarlos en cereales integrales (arroz, pan, pasta), legumbres (lentejas, alubias, garbanzos), fruta y verdura, frutos secos (naturales) y semillas, entre otros.

Por tanto, es importante consumir hidratos de carbono de absorción lenta en el día a día y limitar el consumo de hidratos de carbono de absorción rápida. No solo para regular la glucemia en caso de tener diabetes o controlar la saciedad en caso de querer perder peso, sino para la prevención de otras enfermedades metabólicas.

Un mal control de la glucemia puede desencadenar resistencia a la insulina por parte del organismo. Es decir, que el cuerpo no reconozca los azúcares y no sepa cómo actuar ante su presencia.

También es necesario considerar que, en determinadas situaciones, como en deportes de larga duración, es necesario e interesante para el buen rendimiento incluir hidratos de carbono de absorción rápida.

La importancia de los picos de glucemia

El correcto funcionamiento de la glucemia es la clave en este tipo de carbohidratos. El mantenimiento de una glucemia elevada mantenida en el tiempo (por consumo de alimentos procesados de mala calidad) pone en marcha mecanismos metabólicos de lipogénesis que hacen que el organismo almacene grasa.

Esto, unido al aumento del apetito cuando vuelve a caer la glucemia y el gran aporte calórico de los alimentos con azúcar añadido, aumentan el riesgo de desarrollar sobrepeso (y sus patologías asociadas) derivado de un consumo excesivo de azúcares o grasas de mala calidad nutricional.

Por eso, se desaconseja el consumo de azúcares simples añadidos: azúcar blanco, bollería industria, refrescos azucarados, etc. Además, es necesario destacar que la versión en la que consumimos un determinado alimento influye en el aporte nutricional.

Cuando consumimos azúcares presentes en la matriz del alimento (fruta y verdura, por ejemplo), nuestro cuerpo la recibe y la procesa de manera mucho más beneficiosa para la salud que cuando consumimos esos mismos azúcares, pero añadidos de manera externa en industria alimentaria o por parte del consumidor. Cuando hablamos de azúcar simple intrínseco, no tenemos que hacer grandes esfuerzos por limitarlos, ya que el alimento en conjunto (fibra, polifenoles y otras sustancias) es de buena calidad nutricional.

Por ejemplo, una patata frita industrial puede aportar menor cantidad de azúcares de absorción lenta que una patata con piel cocida. Unas tortitas de arroz inflado producen mayor pico de glucemia que un arroz integral cocido y salteado con verduras.

En definitiva, necesitaremos más carbohidratos cuanto mayor sea el grado de actividad física que realicemos. Al igual que sucede con los coches y la gasolina.

Es importante incluir hidratos de carbono de calidad en nuestra dieta y tener en cuenta nuestra actividad física para realizar un aporte proporcional y adecuado.The Conversation

Luis J. Morán Fagúndez, Decano del Colegio Profesional de Dietistas-Nutricionistas de Andalucía, Universidad Pablo de Olavide

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.