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¿DE VERDAD HAY QUE DEJAR DE COMER CARNE?

La pirámide nutricional frente a la pirámide medioambiental

Por Luis Domenech / Junio 11, 2021

Hoy leo en El Diario.es una entrevista de Eva San Martín a Aitor Sanchez, dietista, divulgador nutricional, y autor del blog 'Mi dieta cojea',  que presenta su nuevo libro: 'Tu dieta puede salvar al mundo'. 

El autor en dicha entrevista hace una serie de apreciaciones en respuesta a preguntas de la periodista, apreciaciones -algunas de ellas- con las que no estoy en absoluto de acuerdo. Dicho esto, creo que tampoco lo estaría con gran parte de las opiniones expresadas en dicho libro que aún no he podido leer, que lo haré, visto lo visto en la entrevista. Ello no quiere decir que esté en desacuerdo en todo. No es así.

Aitor Sánchez

Por ejemplo, si estoy de acuerdo en que nuestro modelo intensivo de producción de carne tiene un alto impacto en el clima, pero no por eso hay que eliminarlo, si limitarlo. En tal caso lo que habrá que hacer es cambiar el modelo de producción o adaptar este para limitar el daño que produce.

Partiendo de la base, perfectamente ilustrada en la imagen de portada del artículo, de que la pirámide nutricional y la medioambiental son contrapuestas la una a la otra, esto no es razón suficiente que soporte algunas de las opiniones expresadas en la entrevista por el autor del libro, y ello es así dada la radicalidad de alguna de sus afirmaciones que hacen que se vengan abajo por su propio peso

Por ejemplo, no estoy de acuerdo en que para frenar la crisis climática haya que dejar de comer carne. 
La primera de las razones es que la raza humana, desde el inicio de los tiempos, desde Adán y Eva, es omnívora. Si dejáramos de comer carne, ya no lo seríamos.
La segunda es que lo que hay que limitar y regular es la ganadería intensiva. Este modelo de negocio dispone de margen para reducir el daño que produce al medio ambiente, sobre todo limitando la emisión de metano.
La tercera es que la carne aporta un determinado tipo de nutrientes que son necesarios a la dieta en cantidades determinadas. Quizás la razón podamos encontrarla en un punto intermedio, tal y como nos muestra las distintas pirámides y ruedas alimentarias, de las que hay varias, y que lo que pretenden es ofrecer una serie de recomendaciones nutricionales para una alimentación sana.

No me vale el argumento de que "para comer carne, estamos retirando el elemento que amortigua el cambio climático: los bosques". Y no me vale porque en Galicia que es una región productora de carne, no se está retirando ningún bosque, a pesar de que Galicia es la primera productora de madera como materia prima de España.

En un momento dado la periodista hace la siguiente pregunta: "Entonces, ¿la solución para detener la crisis climática es dejar de comer carne y que todo el mundo se pase al veganismo?" Y responde Aitor lo siguiente: "Lo cierto es que ayudaría bastante; y es una de las grandes contribuciones que podemos hacer. El patrón dietético es una decisión que está en nuestras manos; y constituye una solución plausible para proteger el planeta que, además, podemos empezar a incorporar en nuestras vidas mañana mismo".

Lo que implica la respuesta tiene un impacto sobre la economía agroalimentaria global de consecuencias muy duras: hablamos de prescindir por razón medioambiental de las granjas de producción de pollos, por tanto de huevos, de las granjas de cerdos y por lo tanto de la industria chacinera, de las granjas de carne de vacuno, y por lo tanto de la industria de despiece, de la de producción de leche y quesos, así como de gran parte de la industria procesadora de alimentos. 
Esta es una posición similar a la de dejar de beber cava o de consumir la pera leridana por culpa de las tendencias independentistas de los catalanes. Es lo que pasa cuando se mezclan dos cosas que poco tienen que ver: una política determinada con la alimentación en este caso, el medio ambiente y la ganadería en el otro.

Del mismo modo, cuando se afirma que "no existe ninguna justificación dietético-nutricional para comer animales; no hay nada en la carne que no esté en otros alimentos", he de expresar mi disconformidad. Si se justifican desde un punto de vista dietético-nutricional, porque la carne es un alimento mas que forma parte de nuestra dieta mediterránea. Es necesaria -que no imprescindible- para la vida humana cuando se toma en las debidas proporciones, y es dañina para la salud cuando se abusa de ella. Y esto pasa con la carne y con todo.

Pero allí donde se acaban las justificaciones dietético-nutricionales, empiezan las demás razones, como las educativas (la buena alimentación empieza por una buena educación alimentaria en los niños), las culturales (que hace que cada región se pueda explicar a través de su estilo de cocina y sus platos mas típicos), las gastronómicas (que sitúan a la cocina española a la vanguardia de la cocina mundial), las históricas (que explican la evolución de nuestra cocina), las sociológicas (que explican la existencia del caldo pobre o la olla podrida), las geográficas (que diferencian los distintos tipos de cocido según zonas), las meteorológicas (razones por la que el gazpacho es andaluz y no vasco, y el caldo gallego calienta las frías noches del norte que no las murcianas), etc. 

Y es que la alimentación y la producción de alimentos es un tema que hay que contemplar desde varios puntos de vista, pues hay múltiples razones que condicionaron nuestra modelo mediterráneo de alimentación desde tiempos inmemoriales y nuestra cultura, razones de las que no podemos prescindir para convertirnos todos en veganos por el medio ambiente.

Yo no me imagino la cocina española sin el cocido, no me imagino una fabada sin tocino, chorizo y morcilla, su compangu. No me imagino la cocina castellana sin el lechazo o el cochinillo. No me imagino las migas manchegas sin su chorizo y jamón y sus huevos. No me imagino un universo gastronómico sin solomillos o chuletones, que son la razón de la existencia de restaurantes tan embletáticos como El Capricho (mejor restaurante de carnes del mundo), Casa Julián de Tolosa, El Mesón Epeleta en Navarra, o como el Restaurante Azurmendi (*** Michelín) sin la carne de buey, templos de la preparación de la carne de vacuno y de buey. 
Tampoco me imagino una charcutería sin jamones de Jabugo, ni una quesería repleta de las mil y una variedades de queso como los manchegos, los asturianos quesos de Cabrales, los gallegos de tetilla o San Simón, el andaluz queso Payoyo, el turolense Queso Tronchón, o el Queso Patamulo, que esta hecho de dos leches: vaca y oveja, o el apreciado Queso de Pría que está hecho de tres leches: vaca, oveja y cabra. Desaparecerían las carnicerías en mercados, supermercados e hipermercados . Que habría de hacer entonces, ¿Suprimirlos todos?

En definitiva, con planteamientos radicales como el que expresa Aitor se cuestiona y se pone en riesgo nuestra gastronomía, parte del sector agroalimentario, todo el sector ganadero, parte del sector industrial, y se verían afectadas nuestra cultura, nuestra historia, nuestras costumbres alimentarias y socioculturales.

Ello no es obice para corregir los desmanes que si existen en la producción de alimentos. Los proyectos de macro granjas como las de Planas y Novierca o la que se proyecta en Torralba en Aragón para 20.000 cabezas. Eso no me parece aceptable, al menos mientras no se encuentre el modo de evitar la emisión de metano a la atmósfera , o el de reciclar la enorme producción de residuos biológicos que las granjas de este tipo producen, y se garantice que estas empresas no se van a apropiar del agua de los acuíferos y del suelo en detrimento de los otros pobladores del territorio en que estos se asientan y de sus necesidades básicas. Esto se llama regulación, y es lo que hay que hacer para evitar el daño al medio ambiente y a la población del territorio.

En este mundo globalizado, todo está interconectado, y cuando se emite una opinión, es conveniente pensar en como esta puede afectar esta a otros temas mas o menos adyacentes, como sucede en este caso. Esto es mucho mas cierto en el caso de las afirmaciones radicales, y que deberían evitarse sustituyéndolas por otras mas cercanas a un término medio, pues la razón nunca se encuentra en los extremos del aserto.

Yo voto por una política agroalimentaria que haga compatible la producción suficiente de alimentos para satisfacer nuestras necesidades alimentarias, con la protección del medio ambiente, y con las reglas del comercio justo, algo que si creo firmemente que es posible.

Yo voto porque sigamos teniendo carne en nuestras tiendas y mercados, en nuestros bares y restaurantes y en nuestra mesa. Así seguiremos disfrutando de un buen roast beef, de unas exquisitas carrilleras asadas, del magnífico lechazo o de un tierno cochinillo, de un buen Chuletón de Buey de El Capricho, de un ternasco de Aragón, de un riquísimo Beef Strogonoff en el Restaurante Don Gaiferos en Santiago, de un Chateaubriand , de un Steak Tartar, de la cecina leonesa y del jamón extremeño, del chorizo cular, de la morcilla de Burgos, de la sobrasada mallorquina, del espetec catalán, de la Txistorra vasca y navarra, del cocido madrileño, del lacón con grelos gallego, del pote asturiano, de los cientos de quesos distintos que produce nuestro país y que son parte de nuestra riqueza gastronómica, y de muchas otras cosas mas, pues España es una maravilla gastronómica a la que no estoy dispuesto a renunciar.

¿Qué papel puede desempeñar la comida en la gestión de nuestras emociones?


Shutterstock / Elena Sherengovskaya
María Isabel Martínez Castro, Universidad Internacional de Valencia

“Miércoles, nueve y media de la noche. Me encuentro sentada en el sofá cenando mientras veo la televisión. Antes de acabar con lo que tengo en el plato, ya estoy pensando en ir a la cocina a por algo más. ¿Una ensalada? ¿Algo de fruta?

No, no me apetece nada de eso. Más bien un bollo o unas patatas fritas de bolsa. El caso es que no debería tener mucha hambre porque he comido bien, pero noto la necesidad de comer y comer más”.

También comemos sin hambre, ¿por qué?

¿Le ha ocurrido algo parecido en alguna ocasión? Sería obvio pensar que, si queremos comer, es porque tenemos hambre. Sin embargo, esta no es la única causa por la que comemos.

Está claro que comer es un acto fisiológico necesario. Ahora bien, el deseo de comida puede estar influido por muchas causas. La mayoría de ellas no son fisiológicas, sino emocionales.

En los simples actos de seleccionar alimentos y comer influyen varios factores que todos conocemos. Pueden ser el hambre, el apetito (antojo), la disponibilidad del alimento… Sin embargo, también influyen las emociones, el estado de ánimo, la sensación de estrés o ansiedad e incluso el aburrimiento.

En estas ocasiones, buscamos canalizar esa emoción comiendo (pensando que tenemos hambre). Al fin y al cabo, los nutrientes hacen que el cerebro secrete varias sustancias que producen placer, como la dopamina o la serotonina.

Es más, no solo interviene nuestro cerebro. Actualmente se considera que el estómago es nuestro “segundo cerebro”, pues produce y almacena el 90% del total de la serotonina de nuestro cuerpo .

Al final, aprovechamos cualquier oportunidad para comer alimentos que nos producen sensaciones de bienestar o “felicidad”. Estos suelen ser muy calóricos y ricos en grasas y/o azúcares, que refuerzan en mayor medida la sensación de placer.

¿Es importante que cambie este hábito?

En principio, no tenemos por qué considerar esto como un problema. La cosa cambia si se convierte en una rutina. En este momento comenzaríamos a depender de la comida para satisfacer nuestras necesidades emocionales.

Además de que fisiológicamente hay una afectación obvia, a nivel emocional existen consecuencias graves. Es precisamente en este nivel donde se encuentra la raíz del problema.

Por ello, es un hábito al que tenemos que prestar atención, de cara a poder modificarlo. Algunas de las causas son que puede conducirnos a tener sobrepeso u obesidad o a desarrollar otros trastornos alimenticios severos, perjudicando nuestra salud.

¿Qué podemos hacer?

Existen ideas sencillas que pueden ayudar a manejar este hábito:

  • Lo mejor es evitar comprar alimentos que pueden acabar siendo ingeridos de manera impulsiva (como bollería o snacks). Estando estos en casa, es más probable que se consuman. Si sentimos enfado o tristeza, mejor posponer la idea de ir al supermercado hasta que las emociones hayan vuelto a la normalidad.

  • Llevar un diario de comidas. Anotar lo que se come, cuánto, cuándo, qué se siente al hacerlo y cuánta hambre se tiene. Con el tiempo, podríamos encontrar patrones que revelen la conexión entre nuestro estado de ánimo y la comida.

  • Mantener el estrés bajo control. Si el estrés conduce a la alimentación emocional, probemos con técnicas como el yoga, la meditación o la respiración profunda. Escuchar música puede ser una estrategia alternativa a la ingesta emocional.

  • Aprendamos a evaluar si es hambre física o emocional. Si hemos comido lo suficiente y hace relativamente poco, es probable que no tengamos hambre. Dar tiempo hasta que se pase o buscar algo que hacer sin relación con la comida, como deporte, llamar a las amistades, ver una película, leer, navegar por internet o escribir puede ser de ayuda.

  • Es importante comer prestando atención a los olores, texturas, colores de los alimentos… Descubrir nuevas sensaciones nos alejará de la idea de una comida compulsiva. También prestar atención a cuándo se come, en qué lugar o la velocidad que se emplea. Disfrutar plenamente del acto de comer es fundamental.

  • Si sentimos la necesidad de picar entre comidas, mejor un tentempié saludable. Por ejemplo fruta fresca, vegetales con un aderezo bajo en grasa, nueces o palomitas de maíz sin mantequilla, yogurt sin grasa, tostadas o tortitas integrales con queso fresco… En definitiva, recurrir a la comida real y evitar los ultraprocesados.

Al lograr pequeñas metas, mejorará la autoconfianza y podremos continuar con otros cambios importantes en la alimentación. También es importante registrar los avances y reconocer los éxitos diarios.

Como dijo el jurista y gastrónomo francés Jean Anthelme Brillat-Savarin, “dime lo que comes y te diré lo que eres”. Por lo tanto, no utilice la comida para regular sus emociones. ¡Disfrútela de manera saludable!The Conversation

María Isabel Martínez Castro, Doctora en Psicología. Psicóloga General Sanitaria., Universidad Internacional de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

El 97% de los alimentos dirigido a niños no son saludables

 

Shutterstock / Lightspring
Ana Belén Ropero Lara, Universidad Miguel Hernández y Marta Beltrá García-Calvo, Universidad Miguel Hernández

El Gobierno de España ha anunciado dos medidas para tratar de frenar la enorme tasa de obesidad y sobrepeso en la población infantil. Una de ellas es prohibir la publicidad de alimentos no saludables dirigidos a menores de 15 años. Ya era hora.

Los últimos datos del Estudio ALADINO 2019 han vuelto a poner en primer plano la enorme incidencia de sobrepeso y obesidad infantil en España.

El 40% de los niños y niñas entre 6 y 9 años sufren de esta condición en nuestro país. De estos, el 60% seguirá teniendo exceso de peso cuando sean mayores.

Una de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para frenar esta otra pandemia es prohibir el marketing de alimentos no saludables dirigidos a niños. La OMS reconoce que la publicidad en TV influye en las preferencias alimenticias y en las pautas de consumo de la población infantil. Por lo tanto, regular este marketing debe ser prioritario para los gobiernos.

¿Son saludables los alimentos dirigidos a niños y adolescentes?

No. Según la OMS, la promoción de alimentos y bebidas para niños se centra principalmente en productos ricos en grasas, azúcar o sal.

La comercialización de estos productos ha sido reconocida en Europa como uno de los factores de riesgo que contribuyen a la obesidad infantil y al desarrollo de Enfermedades no Trasmisibles.

Los resultados de un estudio que hemos realizado en la Universidad Miguel Hernández, con más de 3 000 alimentos disponibles en el mercado español, son altamente preocupantes. De los 563 alimentos dirigidos a niños o adolescentes, el 97% se clasificaron como no saludables. Además, el 62% de los productos eran ricos en grasas; el 59%, en azúcares libres; el 45%, en grasas saturadas y otro 45% en sodio/sal.

También encontramos que los productos dirigidos a niños o adolescentes tenían peor calidad nutricional que el resto. Esto se debía a un mayor contenido en energía, azúcares, sal y grasas saturadas. Por el contrario, tenían menor contenido de proteínas y fibra.

Curiosamente, observamos que muy pocos alimentos saludables se promocionaban para niños o adolescentes. Esto sucedía con las legumbres, la pasta, el arroz, los frutos secos al natural, el pescado o el marisco sin ingredientes adicionales.

Nuestros resultados son similares a trabajos realizados en otros países como Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Brasil, Uruguay o Eslovenia. Por lo tanto, los alimentos con marketing dirigido a niños o adolescentes en todo el mundo son, en su gran mayoría, no recomendables desde el punto de vista nutricional.

¿Qué regulación hay?

En 2005 nació el Código PAOS en España como una forma de autorregulación de la publicidad de alimentos y bebidas dirigidos a menores. El código era voluntario y a él se podía adherir cualquier empresa de alimentación. Este código forma parte de la Estrategia NAOS de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) para prevenir la obesidad en España.

Tras 15 años, el código PAOS ha resultado totalmente inefectivo, principalmente debido a su carácter voluntario y a la ausencia de sanciones disuasorias. De hecho, varios estudios han demostrado su claro incumplimiento por parte de las empresas que voluntariamente se habían comprometido a aplicarlo.

Por lo tanto, se hace necesario implementar un sistema de regulación de la publicidad de alimentos para niños que garantice un alto grado de protección de los menores. El Ministerio de Consumo español propone permitir la publicidad para niños solo en caso de alimentos considerados saludables. Serían considerados saludables aquellos clasificados como A o B según el sistema Nutri-Score.

Antecedentes

La Food Standards Agency del Reino Unido fue la primera institución que desarrolló unos criterios para detectar los alimentos con alto contenido de grasa saturada, sal o azúcar. El objetivo de este modelo de perfil nutricional era reducir la exposición de los niños a la publicidad de estos alimentos en televisión.

Por su parte, la oficina regional de la OMS en Europa (OMS-E) desarrolló un modelo propio en 2015, la Organización Panamericana de la Salud (PAHO) le siguió en 2016 y la oficina regional de la OMS en el Mediterráneo Oriental, en 2017. Entre los objetivos figuraba el de limitar el marketing de alimentos no saludables dirigidos a niños.

Diferencias con el criterio de Nutri-Score

Cuando comparamos tres de estos modelos con la propuesta del Ministerio de Consumo español, vemos que hay grandes coincidencias. Según estos, no se podría hacer publicidad dirigida a niños de cereales de desayuno y refrescos azucarados, queso, salchichas o zumos.

Sin embargo, el criterio del Nutri-Score sí permitiría el marketing para niños de bebidas sin azúcares añadidos pero con edulcorantes. Eso no sería posible si se aplicaran los perfiles nutricionales de la PAHO o de la OMS en Europa.

Otra diferencia importante es que Nutri-Score presenta una mayor tolerancia a los azúcares añadidos. Esto abriría la puerta a la publicidad infantil de lácteos azucarados tipo yogur o leche fermentada.

En conclusión, los resultados de numerosos estudios muestran que la gran mayoría de los alimentos dirigidos a niños no son saludables. Las medidas de carácter voluntario no son efectivas. Por lo tanto, son necesarias acciones más comprometedoras que garanticen un alto nivel de protección de la población infantil frente a la venta de productos no saludables.The Conversation

Ana Belén Ropero Lara, Profesora Titular de Nutrición y Bromatología - Directora del proyecto BADALI, web de Nutrición, Universidad Miguel Hernández y Marta Beltrá García-Calvo, Profesora de Nutrición y Bromatología., Universidad Miguel Hernández

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

¿Se puede transmitir la covid-19 a través de los alimentos?

 

Shutterstock / FamVeld
Saioa Gómez Zorita, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y Maria Puy Portillo, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

El origen del coronavirus responsable de la covid-19 no está claro. Probablemente un animal actuó como reservorio (quizá un murciélago) e infectó a otros (como pangolines, cerdos y roedores), que actuaron como hospedadores secundarios. Estos entraron en contacto con al menos una persona, puede que a través de su consumo, y la infectaron. Cuando la enfermedad pasa de un animal a un humano hablamos de una enfermedad zoonótica.

Aunque la primera infección se produjera de este modo, en la actualidad no existe evidencia suficiente para alarmar a la población sobre el riesgo de contagiarse por consumir alimentos contaminados. Al menos, no en nuestra sociedad. Los coronavirus necesitan un hospedador (animal o humano) para crecer y no se desarrollan en los alimentos. Efectivamente, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha indicado que actualmente no existen pruebas de que los alimentos planteen un riesgo para la salud pública en relación con la covid-19. Hasta la fecha, no se ha notificado transmisión de covid-19 a través del consumo de alimentos.

Por otra parte, la experiencia previa de brotes de otros coronavirus afines al SARS-CoV-2, como el responsable del SARS y el del MERS, nos muestra que no se produjo transmisión a través del consumo de alimentos.

Pese a ello, dado que el riesgo cero no existe, habría que tener en cuenta lo siguiente:

  1. Evitar la ingesta de animales exóticos o salvajes como los murciélagos, las civetas o los pangolines.

  2. Extremar las precauciones con carne de mamíferos o aves procedentes de instalaciones en las que haya habido focos de infección.

  3. Impedir la contaminación de los alimentos, o los envases en los que se encuentran, a través de las gotitas respiratorias de una persona infectada (al hablar, toser, estornudar).

  4. Evitar la contaminación cruzada de alimentos. Por ejemplo, por una limpieza no adecuada de los recipientes donde se han almacenado o de los utensilios previamente utilizados con los animales muertos/no cocinados.

Consejos prácticos:

En relación con la seguridad de los alimentos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado recomendaciones para la prevención, que también incluyen asesoramiento sobre el mantenimiento de buenas prácticas higiénicas durante la preparación y la manipulación de los alimentos.

  1. Limpieza frecuente de manos preferiblemente con agua y jabón, en su defecto con una solución hidroalcohólica.

  2. No tocarse la cara o el pelo y posteriormente, sin lavarse las manos, manipular alimentos.

  3. Los trabajadores que manipulen alimentos deberán utilizar mascarilla.

  4. Lavar la fruta y verdura con abundante agua, frotando los alimentos o bien sumergirlas durante 5 minutos en agua potable con 1 cucharita de postre de lejía (4,5 ml) por cada 3 litros de agua y acláralas después con abundante agua corriente.

  5. Cocinar los alimentos adecuadamente (evitar que estén crudos), ya que otras técnicas como la refrigeración o la congelación no solo no eliminan el virus sino que prolongan su supervivencia (el virus aguanta más tiempo en congelación que a temperatura ambiente). El cocinado de los alimentos sería suficiente para matar los virus. Un tratamiento con calor que suponga al menos 30 minutos a 60 °C es efectivo en el caso del SARS.The Conversation

Saioa Gómez Zorita, Investigadora del Centro de Investigación Biomédica en Red de la Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CiberObn), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y Maria Puy Portillo, Catedrática de Nutrición, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Cuidado: La yuca o mandioca, la verdura con cianuro que consumen 700 millones de personas

   


Por Danny Kane. 27 de Mayo

Aficionado a la comida, escritor y aficionado con curiosidad por la historia. A veces combino los tres y escribo sobre ellos aquí.


Traducido por L. Domenech


La yuca es un cultivo leñoso tropical y subtropical que produce un tubérculo distintivo no muy diferente a la papa. Vienen en una variedad amarga y dulce y se pueden encontrar principalmente en América del Sur y partes de África. En la superficie, parecen ser solo otro vegetal. Pero mire un poco más de cerca y se encontrará con una desagradable sorpresa: el cianuro de hidrógeno.

Cultivo de mandioca

La evidencia más antigua de cultivo de mandioca parece remontarse a los mayas en 1.400, pero se cree que fue domesticada hace unos 10.000 años según el registro fósil. Probablemente se eligió porque es un cultivo increíblemente resistente, capaz de sobrevivir en una variedad de suelos y niveles de lluvia. También es, naturalmente, bastante resistente a las plagas, debido al cianuro.

No es de extrañar entonces que aparezca en muchas obras de arte precolombinas de la época. Los españoles estaban menos abiertos a comerlo, aunque no porque se pensara que era venenoso. Los colonizadores querían sus propios alimentos y los importaban en grandes cantidades, pero la producción continuó y, por necesidad, España y los portugueses finalmente llegaron a la yuca.

Las raciones de los marineros se complementaron con pan hecho con mandioca, pero parece haber sido utilizado principalmente como alimento para los africanos recién esclavizados que se dirigían a las Américas. Sin embargo, la yuca fue traída con los españoles y portugueses y hoy se ha convertido en un alimento básico en muchas naciones africanas, incluso yendo tan lejos como Indonesia y Tailandia a lo largo de las rutas comerciales coloniales.



Efectos mortales

Parece extraño entonces que un cultivo básico, hoy la tercera planta más consumida en los trópicos, pueda estar tan extendido, pero tan letal. La cantidad normal de cianuro que puede ingerir un ser humano varía mucho dependiendo de la salud de la persona, pero se ve afectada principalmente por el método de administración, p. gas vs consumido a través de los alimentos. Sin embargo, en promedio, una persona puede ingerir unos 30 mg de cianuro de hidrógeno antes de sentir efectos reales. Una yuca cruda tiene entre 50 mg y 500 mg por 1 kg, dependiendo de la variedad e incluso del lugar en el que se cultivó.


Independientemente de la variedad, los compuestos que componen el cianuro de hidrógeno están presentes en toda la planta como defensa contra las plagas. Los insectos morderán y el sabor amargo y poco apetecible los disuadirá de tomar otro, de la misma manera que lo hace la capsaicina en los chiles. Sin embargo, para los dedicados, comer la planta en su forma natural, cruda y sin procesar imparte al consumidor un cóctel químico de enzimas y glucósidos cianogénicos, creando el mortal cianuro de hidrógeno. Más enzimas en el intestino continuarán metabolizando el cianuro, lo que conducirá a una ingesta aún mayor.

El cianuro de hidrógeno es un veneno increíblemente mortal, especialmente cuando se consume rápidamente de esta manera. En pocas palabras, interrumpe la respiración, causa insuficiencia orgánica, muerte cerebral y casi siempre es fatal en dosis altas. Entonces, ¿cómo sigue la gente comiendo mandioca?



Peparación de la yuca

Hasta ahora hemos estado hablando de yuca cruda y sin procesar. Sin embargo, por razones obvias, la yuca no se consume de esta manera. Para eliminar el exceso de cianuro a niveles tolerables, diferentes pueblos han ideado numerosos métodos para preparar la yuca. El más simple es, con mucho, remojarlos en agua durante unas horas a unos días, para permitir que el cianuro se separe y se elimine de manera segura. En África occidental se fríen en aceite de palma y se conservan, pero el método más común es la fermentación, que reduce en gran medida los niveles de cianuro.

Cuestiones

Sin embargo, con todos estos métodos, existe un problema. El cianuro es famoso por impartir un sabor amargo a los alimentos. Esta distinción quizás se demuestre mejor con la yuca, de las cuales hay variedades amargas y dulces. Si bien ambos se pueden comer, no se pueden preparar de la misma manera. Con cada región y variedad de planta de yuca se requiere un método diferente de preparación para que sea segura para el consumo. Se necesita mucho más cuidado al tratar con la variedad amarga y algunos países como Venezuela la prohibieron estrictamente.

Venezuela es un ejemplo perfecto de por qué la yuca puede ser un alimento prohibido y mortal: el factor humano. El país ha estado sufriendo disturbios civiles masivos, escasez de alimentos y agitación política desde hace algún tiempo y esa escasez de alimentos está comenzando a tener consecuencias letales de formas inesperadas.

La yuca amarga se vende con frecuencia en el mercado negro como yuca dulce. Las dos variedades pueden parecer casi indistinguibles entre sí y los vendedores sin escrúpulos las comercializan como yuca dulce, probablemente debido a la ilegalidad y al mayor riesgo que rodea a la variedad amarga. Y tampoco es un mero espectro de la muerte. En 2017, 28 personas murieron como resultado de comer lo que pensaban que era yuca dulce. Sin embargo, no es solo Sudamérica. En 2005, en un trágico caso, 27 niños murieron en Filipinas por comer yuca amarga que el cocinero de su escuela había pensado que era la variedad dulce y, por lo tanto, preparada incorrectamente.




En el oeste

La yuca parece ser vista con cierta sospecha en Occidente, pero todavía hay muchas exportaciones e importaciones hacia y desde Occidente. También tiene muchos usos en la lavandería y como alimento para animales en muchos países de Asia, África y América del Sur.

Independientemente de cómo lo vea Occidente, muchos de nosotros habremos comido mandioca y no nos hemos dado cuenta. La tapioca ha experimentado un renacimiento en Occidente recientemente gracias en gran parte a las dietas sin gluten de muchas personas, siendo la harina de tapioca y el almidón excelentes sustitutos de la harina. Antes de que alguien tire su tapioca, los niveles de cianuro parecen ser insignificantes, aunque muchos fabricantes todavía recomiendan remojarlos de antemano para reducir el pequeño riesgo de intoxicación.

Si bien la yuca dulce se puede lavar, pelar y cocinar, la amarga requiere mucho más esfuerzo para hacerla segura. El elemento humano en esto ha resultado en algunas muertes trágicas, pero con el cuidado adecuado, la yuca se puede consumir de manera segura. Es revelador que siga confinado a algunos de los países más "subdesarrollados" como principal fuente de alimentos, mientras que en Occidente hemos encontrado una manera de subcontratar y pacificar la presencia de toxinas en la yuca. No se puede subestimar la importancia económica y quizás incluso cultural de la yuca, pero tampoco la terrible situación en la que una décima parte de la población mundial se encuentra en la que deben depender de un alimento potencialmente letal como parte de su alimentación diaria.

El artículo original en inglés se puede leer en Medium/ Age of Awareness


¿Son útiles las aplicaciones escaneadoras de etiquetas para seguir una alimentación saludable?


Vchal / Shutterstock
Eva Espona Malet, UOC - Universitat Oberta de Catalunya y Laura Esquius de la Zarza, UOC - Universitat Oberta de Catalunya
Actualmente nos encontramos en una situación paradójica: a pesar de que cada día tenemos acceso a más información, las patologías relacionadas con la forma de alimentarnos no paran de aumentar.
Un dato para ilustrarlo: si realizamos un búsqueda en Google sobre el concepto de “dieta saludable” encontraremos casi 100 millones de resultados, pero según datos de las OMS (2020), desde 1975 la obesidad casi se ha triplicado en todo el mundo. En 2016, el 13% de la población adulta era considerada obesa. Y la cifra se dispara si consideramos también a las personas con sobrepeso.
Eso implica que, a día de hoy, es más necesario que nunca prestar atención al efecto que tiene la forma de alimentarnos sobre la salud. El mayor reto que tenemos por delante los profesionales de la nutrición es ayudar a la población a decidir qué pone en el plato.

En busca de traductores del etiquetado

Hay que admitir que cada vez la población está más concienciada de la necesidad de indagar sobre las características de los alimentos que consume. Cosa distinta es que esté preparada para entender o interpretar lo que lee. Y no hablamos solo de entender la tabla de análisis medio de nutrientes, sino también de saber interpretar dicha información con la que aporta el listado de ingredientes, así como comprender los tecnicismos y las siglas que aparecen.
Como consecuencia, la mayoría de las veces no resulta nada sencillo descifrar los contenidos de las etiquetas de los alimentos. Para facilitar esta tarea, en algunos países pueden encontrarse en los envases opciones de logotipos más sencillos o etiquetados nutricionales simplificados, que se han ido implementando en el marco de políticas de salud pública.
Entre estas iniciativas destaca Nutri-score, un sistema de evaluación de los alimentos que los valora en función de su composición y los clasifica en cinco categorías según su calidad nutricional (A, B, C, D y E), representadas en forma de una cadena de 5 círculos de colores que van desde el color verde oscuro (mejor calidad nutricional) al rojo (peor calidad nutricional).

Escala Nutri-Score. Author provided

Este sistema es ya una realidad en países como Francia y Bélgica. En España, de momento, tiene carácter voluntario, pero está en marcha una campaña para solicitar a la Comisión Europea su presencia obligatoria en todos los estados miembros. Ha sido creado con una doble finalidad: ayudar al consumidor a seleccionar alimentos más saludables en el momento de la compra y estimular a la industria alimentaria a mejorar el perfil nutricional de los alimentos que produce, para que obtengan una mejor clasificación.
Aunque con algunas limitaciones, Nutri-score goza de acreditación científica que apoya su uso. Si se pone en marcha, no cabe duda de que su implementación debe ir acompañada de una campaña educativa dirigida a la población de forma que esta herramienta sea de la mayor utilidad posible, tal y como se hizo en Francia.

Hacer la compra en «modo escáner»

Otra posibilidad disponible desde hace poco son las aplicaciones que mediante el escaneo del código de barras del envase de un alimento nos ayudan a clasificarlo según distintas escalas. Analizando su composición, permiten identificar el “más bueno” o “el menos malo” de cada categoría.
Existe una gran variedad de estas aplicaciones que utilizan criterios distintos. En algunas se ofrece una puntuación solamente en función de la nota nutricional de Nutri-score o del grado de procesado del alimento. Otras mezclan diferentes criterios, como la nota nutricional de Nutri-score, si hay presencia o no de aditivos o si el producto tiene etiqueta “eco”.
De acuerdo con un estudio reciente elaborado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), las tres aplicaciones de este tipo más populares en nuestro país son El CoCo, Yuka y MyRealFood. Todas cuentan con miles de usuarios y su uso se ha popularizado en muy poco tiempo.
Aunque a día de hoy aún no es posible concretar el efecto del uso de estas herramientas en la salud futura, pues carecemos de evidencia científica para valorar los resultados, sí podemos decir que en general se trata de buenas herramientas que pueden ayudar a hacer una compra más saludable.
Otra ventaja importante es que pueden favorecer que la industria alimentaria mejore la composición nutricional de sus productos a fin de evitar una mala clasificación. Sin embargo, por sí solas no pueden tener la misma efectividad si previamente el consumidor no tiene claro cuál tiene que ser el patrón de una alimentación saludable.

Más productos frescos y menos envasados

Otro inconveniente que debemos tener en cuenta es que estas aplicaciones funcionan para los alimentos envasados. Pero, ¿qué pasa con los alimentos frescos que deben abundar en una alimentación saludable? Las frutas, las verduras y hortalizas o el pescado fresco no tiene código de barras. Eso implica que las apps nos ayudan a clasificar solo los llamados alimentos procesados y ultraprocesados, que deberían ser minoría en una dieta equilibrada.
¿Por qué? En esencia porque la elaboración de estos productos implica una mayor transformación de la materia prima. Por un lado, eso suele disminuir la calidad nutricional del alimento. Por otro, requiere de la adición de otros ingredientes como azúcares, grasas, sal, aromas, enzimas o aditivos (edulcorantes, conservantes o antioxidantes).
Actualmente la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) recomienda que se haga un consumo opcional, ocasional y moderado de los procesados y ultraprocesados. Se basan en que una alimentación basada en la conveniencia o la facilidad de uso que ofrecen estos alimentos desplazará el consumo de otros alimentos frescos o poco procesados, que aunque requieren mayor tiempo de preparación son más recomendables por sus interesantes características nutricionales. Y que esta práctica conlleva un mayor riesgo de padecer sobrepeso u obesidad y otras patologías asociadas como diabetes, hipertensión, cardiopatías o dislipemias.
De ahí la importancia de enseñar a la sociedad a hacer un uso correcto de los alimentos dentro de un patrón alimentario saludable como puede ser la Dieta Mediterránea, potenciando una alimentación basada en alimentos locales, con productos de temporada y de proximidad. Unos productos que, la mayoría de las veces, no llevan código de barras.The Conversation
Eva Espona Malet, Profesora Máster universitario "Nutrición y Salud", UOC - Universitat Oberta de Catalunya y Laura Esquius de la Zarza, Profesora del Área de Nutrición. Facultad de Ciencias de la Salud, UOC - Universitat Oberta de Catalunya
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.