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Sobre Borges y la leche fermentada

Jorge Luis Borges en 1975. Wikimedia Commons / Roberto Pera
Guillermo Nevot, Universitat Pompeu Fabra

El yogur es un asunto serio. Tanto, que en España tiene su propia ley. El Real Decreto 271/2014 define exactamente qué es el yogur:

“El producto de leche coagulada obtenido por fermentación láctica mediante la acción de Lactobacillus delbrueckii subsp. bulgaricus y Streptococcus thermophilus a partir de leche”.

Ya está, ni una bacteria menos ni una más. Le invito a leer el etiquetado en su supermercado más cercano. Si su leche fermentada no tiene 10 000 000 de individuos de estos dos microorganismos, no se llamará yogur.

Sobre el yogur ha escrito incluso Jorge Luis Borges, diciendo que es el alimento de Matusalén. De hecho, el escritor argentino dedicó toda una obra, con recetas incluidas, al yogur.

En 1935, el genio literario “pasaba por estrecheces económicas”. A su amigo, el escritor Bioy Casares, su tío le había ofrecido escribir un anuncio para su empresa yogurtera. Matando dos pájaros de un tiro, Bioy le propuso a Borges escribirlo juntos. Así echaría una mano a su amigo con sus finanzas y, de paso, se divertirían un rato.

Como no podía ser de otra manera por 17 pesos la página, Borges aceptó y ambos se convirtieron en divulgadores científicos del yogur. O al menos, eso pretendieron.

En el folletín, los datos reales se confunden con las burlas de los escritores. Lo curioso es que algunas de esas bromas han acabado teniendo sentido científico. Casi se pueden oír sus risas cuando escriben “nuestros aliados invisibles” con ironía, refiriéndose a los microbios. Pero estos también viven en nuestro interior desde donde nos protegen.

El microbioma, es decir, las comunidades de bacterias y microorganismos que viven en nuestra piel o en el intestino, han demostrado ser clave para nuestra salud. Si faltan o se desequilibran, pueden causar hasta obesidad. El yogur de verdad ejerce como probiótico, es decir, ayuda a recomponer la flora intestinal.

Pero, sin duda, hay algo que ni Bioy ni Borges podrían haber imaginado jamás. Años más tarde sería en el yogur donde se descubriría la mejor herramienta de edición genética conocida hasta la fecha, la tecnología CRISPR.

Fue en la empresa francesa Danisco, donde tenían un problema con los bacteriófagos, es decir, con los virus de bacterias. Si uno solo de estos bacteriófagos caía en un tanque donde se fermentaba el yogur, una pandemia microscópica eliminaba todas las bacterias y daba al traste con la producción.

Danisco buscaba una solución. Su idea era buscar las bacterias del yogur más resistentes de la naturaleza para usarlas en su fábrica. Si no podían evitar los bacteriófagos, encontrarían las bacterias inmunes a ellos. En efecto, las encontraron, pero había algo curioso en ellas. Todas presentaban en su genoma pequeños trozos de los virus a los que eran inmunes, pero nunca su ADN entero.

Además, los investigadores vieron que las bacterias supervivientes a la exposición al virus también se volvían inmunes y adquirían estos trocitos de bacteriófago. Igual que cuando nosotros desarrollamos anticuerpos, las bacterias quedaban vacunadas contra sus virus. Sin esperarlo, Danisco dio con la gallina de los huevos de oro. Ya no hacía falta seleccionar las mejores bacterias, ¡la propia empresa podía crearlas!

En verdad, estos trocitos ya se conocían. Se habían denominado CRISPR pocos años antes, en Alicante, por el científico Francis Mojica. En cambio, el yogur los catapultó a la fama. Pronto se observó que una proteína, Cas9, era capaz de interpretar estos trocitos y usarlos como guía. Basta con que el virus aparezca de nuevo para que Cas9 lo busque, corte y destruya. La ventaja fue que, al venir de bacterias sencillas, fue fácil reprogramar la proteína para que buscara y cortara cualquier ADN.

Esto abrió las puertas a cortar cualquier ADN, haciendo posible la edición genética precisa y la revolución que daría a sus descubridores el premio Nobel. Sin embargo, después de todo ya casi nadie recuerda el origen lácteo de esta herramienta. Bueno sí, las empresas yogurteras. No utilizan Cas9 para editar ningún genoma, pero todavía usan la inmunidad de CRISPR para producir más yogur. Por suerte para nosotros.

El futuro del yogur

Con todo, el futuro del yogur es incierto. El kéfir gana cada vez más adeptos y el yogur ya no es “el elixir de la vida” que Borges proclamaba. Las bacterias que lo fermentan están llamadas a reinventarse. La edición genética les ha permitido asumir nuevas tareas y ser útiles al ser humano más allá del yogur.

En el género Lactobacillus se han diseñado bacterias capaces de expresar moléculas inmunitarias, como IL-10, para evitar la inflamación intestinal o las alergias. Otras han pasado de la industria alimentaria a la cosmética, donde se ofrecen como crema para acelerar la curación de heridas en la piel. Aunque muchas de estas terapias todavía tienen que terminar los ensayos clínicos, está claro que las bacterias del yogur están aquí para quedarse.

“Quien tiene salud tiene esperanza y quien tiene esperanza tiene todo”, dice un proverbio árabe. Bioy y Borges escribieron que los árabes, esos halcones musculosos del desierto, tienen detrás de la esperanza algo que lucha por su salud: el yogur. Porque el yogur es y será una fuente inagotable de salud y descubrimientos. Por eso, el próximo yogur que se tome de postre después de cenar puede ser light, pero no se lo tome a la ligera. El yogur es un asunto serio.


Este artículo resultó finalista de la primera edición del certamen de divulgación joven organizado por la Fundación Lilly y The Conversation España.The Conversation


Guillermo Nevot, Investigador Predoctoral en el Grupo de Biología Sintética Traslacional, Universitat Pompeu Fabra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Dime dónde vives y te diré cómo comes

 

Shutterstock / EvgeniiAnd
Ainara San Juan Escudero, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Todos sentimos la influencia de los cánones de belleza. Tanto es así que, aun sabiendo que los estereotipos de “cuerpo ideal” son temporales y cambiantes, cada uno de nosotros podemos identificar al menos una característica que nos hace sentir inseguros.

Si al leer esto ha pensado que tiene las piernas demasiado grandes o que su abdomen es prominente, déjeme decirle que hay más gente en la misma situación. Según datos de la OMS, en 2016 aproximadamente el 39% de los adultos tenían sobrepeso y alrededor de un 13% eran obesos. Es decir, que en una reunión de 10 amigos solo la mitad estaría en su peso ideal en términos de salud.

Más allá de las cuestiones estéticas, tener un peso elevado es un factor de riesgo para las llamadas enfermedades no transmisibles (ENT), que son condiciones crónicas como las patologías cardiovasculares, respiratorias, cánceres y diabetes. De hecho, antes de la pandemia por COVID-19, se consideraba que las ENT eran responsables del 71% de todas las muertes a nivel mundial. Por tanto, una razón para mantener nuestro peso a raya podría ser el simple objetivo de evitar morir a causa de estas enfermedades. La cuestión es, ¿somos capaces de controlar nuestro peso?

Un solo gen no es suficiente

Podemos pensar que engordamos por tener el “gen de la obesidad” (una variante del gen FTO), o que comemos en exceso por una susceptibilidad genética al apetito. Para aquellos que respalden su condición física en el ADN, la ciencia lamenta anunciar que portar un gen para una “enfermedad” no es una condición suficiente para desarrollar la patología. De hecho, la epigenética explica que podamos apagar o encender la expresión de los genes por medio de la metilación del material genético gracias a la influencia de los factores del entorno. De esta forma, nuestros hábitos de vida juegan un papel importante a la hora de prevenir o desarrollar la aparición de una enfermedad.

Entre estos aspectos del estilo de vida, la alimentación es el principal factor de riesgo de mortalidad y morbilidad en todo el mundo. Pero estamos de suerte, ya que al ser un hábito modificable 1 de cada 5 muertes a nivel mundial se podrían evitar mejorando la calidad de la dieta.

Hay evidencia científica de que una alimentación basada en carnes rojas y procesadas, granos refinados y azúcares añadidos aumenta el riesgo de sufrir ciertas enfermedades crónicas, mientras que una dieta rica en frutas, verduras y cereales integrales podría ayudar a prevenirlas. Ahora bien, ¿podemos decidir realmente lo que comemos? ¿O, quizás, no somos los únicos responsables de seguir una dieta de poca calidad?

Barrios pobres, comida menos saludable

La ciencia demuestra que las decisiones alimentarias de cada individuo están condicionadas por el entorno social, cultural y económico que le rodea. Así, por ejemplo, las formas urbanas compactas de los países desarrollados facilitan la cercanía de diversas tiendas de alimentos con una amplia variedad de ofertas. Esto supone un acceso fácil a productos altos en calorías, grasas, azúcares y sal a bajo precio, acompañado de una gran presencia de restaurantes de comida rápida y una publicidad masiva, lo que incita a comer de forma poco saludable. Todo esto parece indicar que las decisiones alimentarias que tomamos están condicionadas por las características del entorno urbano donde residimos.

De hecho, el análisis de los entornos alimentarios ha mostrado que existen diferencias según el nivel socioeconómico: en las zonas de ingresos más altos hay una mayor proporción de supermercados con variedad de alimentos, mientras que en los lugares más pobres predominan los pequeños locales de alimentación. Además, las escuelas que se encuentran en estas áreas de bajos ingresos tienen un mayor acceso a tiendas de comida poco saludable.

Eso implica que quien tiene menor nivel económico y educativo acaba viviendo en sitios que ponen más dificultades para alcanzar una buena alimentación y mira antes el precio que la calidad a la hora de comprar alimentos. En contraste, los grupos de población más ricos y con educación superior tienen la oportunidad de vivir en áreas que favorecen unos hábitos de alimentación adecuados, además de tener mayores conocimientos sobre lo que es sano y más recursos para alcanzarlo.

Si los grupos más vulnerables viven en entornos menos favorecidos, ¿qué alternativa tienen? Pues bien, se pueden trabajar las políticas públicas para promover estrategias que faciliten el acceso a alimentos saludables en áreas de bajo nivel socioeconómico. Por ejemplo, aumentar la disponibilidad de alimentos específicos, manipular el precio de los productos, usar carteles, etiquetas y promociones ayuda a prevenir la obesidad. Además, es imprescindible fomentar la educación sobre los comportamientos alimentarios saludables para que estos cambios estructurales tengan realmente un efecto en la población.

Por tanto, si nos preocupan nuestra forma de alimentarnos y nuestra salud, revisemos nuestro nivel económico y educativo, pues ambos nos dirán dónde vivimos y cómo comemos. Aunque nos gusta pensar que somos libres para tomar nuestras propias decisiones (dónde y cómo vivir y qué comer), la ciencia advierte que hay múltiples factores que influyen sobre nuestras acciones, como por ejemplo, nuestra ciudad o nuestro barrio. Al fin y al cabo… ¿quién dijo libres?


Este artículo resultó finalista de la primera edición del certamen de divulgación joven organizado por la Fundación Lilly y The Conversation España.The Conversation


Ainara San Juan Escudero, Colaboradora de investigación, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.